Controversia de las Vacunas en 1998 y Reducción en la Tasa de Vacunación

En el medio ambiente, existe una variedad de organismos perjudiciales, conocidos como patógenos. Estos patógenos pueden ser virus, bacterias, hongos, parásitos y protozoarios. Todos estos causan una enfermedad en el cuerpo del organismo al cual infectan (Uribarren, 2016). El sistema inmune está diseñado para identificar y destruir estos organismos invasores.

El sistema inmune genera dos tipos de respuesta ante estos organismos invasores: respuesta inmune innata y respuesta inmune adaptativa. La respuesta innata constituye la primera línea de defensa contra patógenos. Es una respuesta rápida, pero inespecífica. Por otro lado, la respuesta adaptativa es una respuesta lenta, pero específica para cada patógeno y tiene la capacidad de crear memoria. En ésta, se activan los linfocitos los cuales secretan proteínas que reconocen unas moléculas únicas del organismo invasor conocidos como antígenos (Abbas, Lichtman, & Pillai, 2015).

Cuando el sistema inmune se enfrenta a un antígeno por primera vez, se producen linfocitos. Estos linfocitos pueden ser efectores, los cuales actúan para destruir el patógeno, o linfocitos de memoria. Estas células de memoria proveen la habilidad de conferir inmunidad a largo plazo de ese patógeno. Es decir, al enfrentarse nuevamente al antígeno del patógeno, el sistema inmune responde de forma más rápida y efectiva que en el primer encuentro. A esto se le conoce como memoria (Abbas et al. 2015).

Las vacunas utilizan la inmunidad adaptativa y memoria para presentarle al cuerpo el antígeno del patógeno, sin ocasionar una enfermedad o infección. De esta forma, cuando el patógeno infecte el cuerpo, pueda responder de forma más rápida y rigurosa previniendo así la enfermedad. Al administrar una vacuna, se administran pequeñas porciones de virus, bacterias o proteínas que imitan al virus con el fin de activar la respuesta inmune del cuerpo causando la producción de anticuerpos para el antígeno del patógeno o que induzca algún proceso que mejore la inmunidad. Por tanto, a través de la inmunización o vacunación se previene la propagación de enfermedades tales como sarampión, tos ferina, parotiditis, polio, viruela, entre otros (U.S. Department of Health and Human Services, 2017). 

Actualmente, muchos padres optan por no inmunizar a sus hijos debido a la creencia popular de que las vacunas causan el autismo. A pesar de esto, no hay evidencia científica que confirme esta relación (Bernardo, 2018).

La controversia de las vacunas se originó en el 1998 cuando Andrew Wakefield y sus colegas publicaron un artículo en el cual sugieren que la vacuna contra sarampión, parotiditis y viruela, conocida como triple vírica, (Measles, Mumps, Rubella – MMR) podía estar asociada a una regresión conductual y trastorno generalizado del desarrollo. Como consecuencia, hubo una reducción en la tasa de vacunación.

Sin embargo, este estudio creó mucha controversia debido a su diseño experimental, tamaño de la muestra y la naturaleza especulativa de sus conclusiones (Flaherty, D, 2011). Luego de su publicación, se realizaron muchos estudios epidemiológicos que refutaban los postulados de Wakefield y colegas sobre la asociación de la vacuna con el autismo. Uno de los más importantes fue publicado por Madsen, et al (2002) en el cual seleccionó 537,303 niños nacidos entre 1991-1998 en Dinamarca. De los mismos, 440,655 habían sido vacunados contra MMR y 96,648 sin vacunar. Ambos grupos presentaban el mismo riesgo de padecer de autismo. Por lo que al comparar estos dos grupos, no encontraron evidencia de un aumento en el riesgo de desarrollar autismo. En muchos otros estudios realizados posteriormente, no se encontró ninguna relación entre la vacuna y el desarrollo del autismo.

También, como resultado de la publicación de Wakefield, surgieron nuevos cuestionamientos sobre la vacunación. Una de estos fue dirigido a un componente de la vacuna, timerosal. El timerosal es un compuesto orgánico de etilmercurio utilizado como preservativo para prevenir contaminación bacteriana o fúngica de las vacunas. A consecuencia de eso, se eliminó su uso en las vacunas. A pesar de esto, Madsen et al (2003), en su publicación “Thimerosal and the occurrence of autism?”, demostró que la incidencia de autismo se mantuvo estable hasta el 1991, tiempo en que se usaba timerosal en las vacunas, y aumentó notablemente en el periodo que ya no se usaba dicho compuesto. Un estudio similar fue realizado por Hviid, Stellfeld,Wohfahrt & Melbye (2003) en el cual compararon niños inmunizados con vacunas preservadas con timerosal y sin timerosal. Al comparar los grupos, no encontraron ninguna relación causal entre los niños vacunados con el compuesto y los vacunados sin el compuesto.

Se han realizado numerosas investigaciones para identificar si existe alguna relación entre la vacunación y el autismo. Sin embargo, no se ha podido presentar evidencia significativa que apoye los postulados de Wakefield (1998). A pesar de que su estudio fue catalogado como fraudulento, sigue siendo de gran impacto en nuestra sociedad (Flaherty,2011).

Esta controversia sigue teniendo un impacto en la sociedad debido a la desinformación. Esta publicación tuvo mucha cobertura en los medios de comunicación sensacionalistas, los cuales se caracterizan por difundir información polémica e impactante, con escasa información o información dudosa (Meneses, 2013).

Los padres quieren que sus hijos vivan su vida saludable y libre de enfermedades. La mejor forma de hacer esto es a través de la vacunación. Hoy día, enfermedades que eran consideradas mortales, gracias a las vacunas, son consideradas leves. A pesar de que la inmunización ha reducido grandemente el riesgo de adquirir ciertas enfermedades, cada año miles de personas sufren de enfermedades; enfermedades que pudieron ser evitadas por la inmunización a través de las vacunas.

Las personas tienen la libertad de decidir vacunarse o vacunar a sus hijos. Sin embargo, hay que considerar el efecto de esta decisión. Al decidir no vacunar, no solo pones en riesgo a la persona, sino a todas las personas que le rodean. Un ejemplo de esto, son los recientes brotes de sarampión en Estados Unidos. En varias investigaciones, se ha determinado que estos brotes han surgido de individuos no vacunados intencionalmente. De igual forma, la reaparición de brotes de tos ferina se observó en individuos no vacunados en algunas poblaciones. Es decir, el aumento en el riesgo de contraer estas enfermedades está asociado con el rechazo a la vacunación (Phadke, Bednarczyk, Salmon, & Omer, 2016).

Se ha comprobado, en muchas investigaciones, que las vacunas son seguras y efectivas (U.S. Department of Health and Human Services, 2017). Las mismas son sometidas a largos periodos de investigación, revisión y ensayos clínicos por científicos, doctores y agencias gubernamentales antes de ser presentadas al público.

Para concluir, la vacunación es una herramienta indispensable para la salud del ser humano. Todo padre o madre, si quiere bien a sus hijos, debe vacunarlos. Todavía, en la actualidad existen muchos mitos o conceptos erróneos sobre la vacunación y sus efectos en el individuo. Algunos de ellos son: la vacunación está asociada al autismo u otras enfermedades; al vacunarse, contraemos la enfermedad; el no vacunarse afecta sólo al individuo, entre otros. No se ha logrado comprobar científicamente que la vacunación y sus componentes están asociados al desarrollo de diversas enfermedades, entre ellas, el autismo. Las vacunas presentan el antígeno del patógeno muerto o debilitado. Por tal razón, no se produce la enfermedad. Sólo provoca que el sistema inmune reaccione a la vacuna de la misma forma que reaccionaría contra la enfermedad. Es decir, producir anticuerpos para destruir el patógeno. De esta forma, crea memoria proveyendo inmunidad. La vacunación protege tanto al individuo como a su comunidad, ya que esta forma se previene la propagación de enfermedades.

Se debe crear una campaña masiva de orientación en todos los medios de comunicación (radio, televisión, prensa escrita, redes sociales,…) con el fin de concienciar a la ciudadanía de los beneficios de la vacunación. Además, el Departamento de Educación y el Departamento de Salud deben coordinar una serie de orientaciones, tanto a padres como a estudiantes, sobre lo positivo de la vacunación. Yo vacunaría a mis hijos ¿Harías tú lo mismo? O, ¿pondrías en riesgo la salud de tus hijos y la de los demás? ¡Decídete!

07 July 2022
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